Destino Cracovia

martes, 2 de febrero de 2016

Destino Cracovia Textos y fotos: Nacho Torrescusa Alarcón

Era de nuevo el enfrentamiento de dos conceptos, de dos estilos de juego y de dos formas de vivir el balonmano, esto último , probablemente lo que más envidiamos los que amamos este deporte.

Nos vestimos con nuestra indumentaria de fiesta, camiseta de cuando fuimos de nuevo campeones del mundo, bandera española, peluca a juego y cara pintada

El ambiente era tranquilo en los aledaños del estadio. Se disputaba la final del Europeo pero la hecatombe producida en la ronda anterior que supuso la inexplicable eliminación de Polonia ante Croacia había calmado las cosas.

En ese partido (Polonia-Croacia), la gente procedente de las distintas ciudades de Polonia iba cantando en los trenes durante los trayecto hasta Cracovia pero los finalistas no eran los locales, éramos nosotros, los españoles, y de nuevo, tras un periplo de años posiblemente demasiado largo por tradición e historia, los alemanes.

Era de nuevo el enfrentamiento de dos conceptos, de dos estilos de juego y de dos formas de vivir el balonmano, esto último , probablemente lo que más envidiamos los que amamos este deporte.

El estadio ya desde fuera impresiona. Capacidad para 15.000 espectadores con los alrededores y la propia iluminación del estadio dedicadas al Europeo que ha transformado la ciudad estos días.

En la puerta un periodista nos pregunta en inglés que pensamos acerca de todo lo que rodea a la final. Respondemos que ojalá en nuestro país se viviera este deporte así, ojalá...

En el acceso: protocolaria revisión de mochilas y bebidas, mucha seguridad, pero no hay grandes colas ni dificultades para acceder.

Una vez dentro hay una mezcla de nacionalidades con una pasión común: el balonmano. Destacan sobre todo los croatas y los polacos. Los primeros parecen contentarse por no irse con las manos vacías, los segundos celebran con efusividad la fiesta del balonmano europeo. Poco a poco van llegando hordas de alemanes en autobuses y su superioridad numérica se hace latente.

Nos vestimos con nuestra indumentaria de fiesta, camiseta de cuando fuimos de nuevo campeones del mundo, bandera española, peluca a juego y cara pintada. Varios alemanes nos piden fotos y nos dan ánimos con mucha deportividad, hay algo de pique pero todo entre risas, ambiente sano. Varios polacos nos piden que les pintemos la bandera de España y nos muestran su apoyo. Bueno, al menos los locales están con nosotros pensamos.

En los entresijos del estadio se nos acerca un compatriota de la peña conquense y nos dice donde se encuentran. Ya somos unos cuantos más.

El partido termina y los alemanes celebran la merecida victoria. Nosotros todavía nos preguntamos que ha pasado.

Compramos algo de merchandising para el recuerdo y volvemos al centro de Cracovia. Vemos como los autobuses alemanes se van llenando de gente cantando. Envidia sana.

El frío polaco nos envuelve pero nos da igual, preferimos volver andando para ver si encontramos la solución a nuestra gran pregunta. No llegamos a ninguna conclusión pero bueno, otra vez será, seguro.

Enviado especial a Cracovia